Hoy, un buen amigo se ha suicidado. Llevaba muchos meses avisando de que lo iba a hacer, que iba a acabar con su vida, y hoy finalmente lo ha conseguido. Y él iba avisando. Y nosotros nos reíamos porque no lo veíamos capaz de ello, porque creíamos que no tenía motivo alguno para hacerlo. Porque creíamos que no lo decía en serio. Y al final, lo ha conseguido.
Él decía que algún día se decidiría, que algún día se lo propondría en serio y se rajaría las venas, en el aseo, como mandan los cánones clásicos. Yo sonreía la elocuencia. Me cebaba diciéndole que cómo se iba a rajar las venas, cómo se iba a rajar nada, si el más mínimo corte le marea. Si no puede ver sangre y menos cortar a nadie.
Él aseguraba que un buen día, cuando fuese capaz, se inyectaría con una jeringuilla. Una jeringuilla vacía, sólo aire. Se provocaría a sí mismo una parada cardíaca. Me carcajeaba. Le decía que era incapaz. Le repetía que cómo iba a hacer eso si no podía ver una aguja a menos de 10 metros de él. Cómo si el más mínimo pinchazo podría derivar en vómitos, mareos y desmayos. ¿De verdad quería acabar así su vida?
Llegaba a cansar repitiendo que se iba a tirar, desde un edificio elevado, muy alto, irreversiblemente, y espachurrar todos sus sesos contra el suelo. Para asegurarse. Que iba a acabar su vida haciendo al menos algo excitante, más que todo lo que le pasó en la suya. Le retábamos, le instábamos porque sabíamos que era incapaz. Porque no podía ir en avión sin haberse hinchado antes a relajantes. No iban a ser sus ganas de morir mayores que su miedo a las alturas.
Y sin embargo, lo hizo.
Tal día como hoy, mi buen amigo lo ha hecho, y nosotros no le creímos capaz. Tal día como hoy mi buen amigo, a quien le guardo gran estima, ha cogido su coche y se ha lanzado a 240 km/h por la autovía. Se ha chocado contra un turismo cuyos pasajeros también han muerto. Una familia, creo. Al final lo ha hecho. Y nunca le creí capaz…